Bolivia ante su momento histórico donde dos visiones del futuro pueden converger en grandeza
El encuentro entre el pragmatismo de Rodrigo Paz Pereira y la profundidad analítica de Alfredo Mancilla Heredia podría ser exactamente lo que Bolivia necesita para su transformación definitiva Por Ricardo Gutiérrez Director LPB
Hay momentos en la historia de las naciones donde convergen las condiciones perfectas para el cambio. Bolivia está viviendo uno de esos momentos. Y lo extraordinario no es solo que tengamos un nuevo gobierno con ideas frescas, sino que simultáneamente contamos con una de las mentes económicas más brillantes que el país ha producido, lista para aportar desde la reflexión académica profunda. Esta no es la historia de un choque inevitable entre visiones opuestas. Es la historia de una oportunidad única que nos permite construir un modelo boliviano de desarrollo, aprendiendo tanto de la acción decidida como del pensamiento complejo.
Rodrigo Paz llegó a la presidencia en noviembre de 2025 con una promesa clara de terminar con 17 años de estancamiento del MAS y abrir Bolivia al mundo. Su propuesta de "capitalismo competitivo con rostro social" ha generado esperanza en millones de bolivianos que anhelan oportunidades, empleo digno y progreso. Pero lo verdaderamente prometedor es que Paz no es un ideólogo ciego. Es un pragmático que entiende que Bolivia necesita resultados, no dogmas. Mantiene los bonos sociales porque sabe que no se puede dejar a nadie atrás. Rechaza el shock neoliberal porque comprende que las sociedades necesitan tiempo para adaptarse. Y habla de "capitalismo para todos" porque intuye que el desarrollo solo es real cuando es incluyente.
Del otro lado, aunque menos visible para el gran público, emerge una figura que podría convertirse en uno de los intelectuales más influyentes de esta nueva era. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia. Este economista cochabambino no es un crítico destructivo ni un nostálgico del estatismo. Es algo mucho más valioso, un científico social riguroso que ha dedicado más de 25 años a entender, con profundidad poco común en nuestro contexto, cómo funcionan realmente las economías complejas. Doctor en Economía, con experiencia docente internacional en Chile y Bolivia, Mancilla ha investigado desde desarrollo local en México hasta acceso al crédito para pequeñas empresas en Ecuador. Ha estudiado economía austriaca, econometría avanzada, desarrollo territorial y prospectiva económica. No es un ideólogo, es un pensador riguroso que busca soluciones que funcionen en la realidad concreta de nuestros territorios.
Lo extraordinario de este momento histórico es que estas dos aproximaciones no tienen por qué estar en conflicto. De hecho, podrían ser exactamente complementarias. Bolivia necesita tanto la velocidad de acción de Paz como la profundidad analítica de Mancilla.
El país necesita reformas que destraben nuestra economía y análisis que aseguren que esas reformas no dejen a nadie atrás. Necesita decisión ejecutiva y comprensión de nuestra complejidad. Y aquí está la buena noticia: Ambos pensadores, desde sus diferentes lugares, comparten más de lo que parece.
Ambos critican duramente los últimos 17 años del MAS. Paz lo hace señalando la ineficiencia, la corrupción y las trabas burocráticas que ahuyentaron la inversión. Mancilla lo hace desde un análisis más sistémico, mostrando cómo la "lucha de egos" entre Evo Morales y Luis Arce generó una incertidumbre que paralizó decisiones económicas fundamentales. Pero ambos coinciden en el diagnóstico esencial, que el modelo se agotó y Bolivia necesita un cambio profundo.
Ambos ven en las pequeñas y medianas empresas el motor real del desarrollo boliviano. Las PYMEs representan entre el 80 y 85% del empleo en nuestro país. Son la columna vertebral de nuestra economía. Paz quiere liberarlas de trámites absurdos, reducir la carga tributaria que las asfixia y darle acceso rápido a crédito. Mancilla, que ha investigado a fondo estos temas, entiende que además necesitan capacitación, articulación en redes productivas, infraestructura compartida y acceso a mercados formales. Estas visiones no se contradicen, se complementan. Una PYME necesita tanto libertad para operar como apoyo para crecer.
Ambos rechazan el dogmatismo. Paz no es un fundamentalista de mercado que quiere desmantelar toda protección social. Mantiene bonos, habla de gradualidad y busca un "capitalismo con rostro humano". Mancilla no es un estatista que rechaza los mercados. Ha estudiado economía austriaca, valora el rol de la inversión privada y usa herramientas cuantitativas sofisticadas para entender dinámicas de mercado. Ambos son pragmáticos que priorizan resultados concretos sobre la pureza ideológica. Esta es una base sólida para el diálogo.
Y ambos entienden que la corrupción y la falta de transparencia son venenos mortales para cualquier proyecto de desarrollo. Paz lo ve como condición indispensable para atraer inversión extranjera. Mancilla lo identifica como variable institucional crítica que afecta todo el sistema económico. No importa cuál sea la motivación teórica: la conclusión práctica es la misma. Bolivia necesita transparencia radical y combate frontal contra la corrupción.
Entonces, ¿dónde está la diferencia? La diferencia no está en posiciones ideológicas extremas, ni en visiones incompatibles del mundo. La diferencia está en algo mucho más sutil y potencialmente más fértil, en cómo cada uno entiende la complejidad de nuestra realidad. Y aquí es donde la conversación se pone realmente interesante, porque Bolivia podría beneficiarse enormemente de ambas aproximaciones.
Paz piensa en términos de principios universales probados. Mira a Chile, Perú, los países asiáticos que despegaron, y se pregunta: ¿qué hicieron ellos que nosotros podemos replicar? Su respuesta es clara, seguridad jurídica, apertura comercial, simplificación radical de trámites, inversión privada como motor. Son principios que han funcionado en muchos lugares. Su gran fortaleza es la claridad y la velocidad de ejecución. Sabe que Bolivia ha perdido décadas y que necesitamos señales contundentes e inmediatas.
Mancilla piensa en términos de sistemas complejos. Entiende que Bolivia no es un país, son muchos países en uno. Que El Alto no funciona como Santa Cruz, que Santa Cruz no funciona como el Chapare, que el Chapare no funciona como Tarija. Que nuestra economía informal tiene lógicas propias que no desaparecen con un decreto. Que nuestras comunidades tienen formas de organización económica, y que merecen ser comprendidas, no simplemente desmanteladas. Su gran fortaleza es la profundidad de análisis y la capacidad de anticipar consecuencias no deseadas.
Ahora bien, imaginen por un momento lo que Bolivia podría lograr si combinamos ambas fortalezas. Si tomamos la velocidad y claridad de Paz con la profundidad y sensibilidad territorial de Mancilla. Si aplicamos reformas rápidas donde son necesarias, pero con análisis cuidadoso de cómo adaptarlas a cada realidad regional. Si liberamos la economía de trabas absurdas, pero construimos simultáneamente los apoyos que aseguren que nadie quede fuera del desarrollo.
Tomemos el caso concreto de la formalización económica, el mayor desafío estructural que enfrenta Bolivia. Aproximadamente el 85% de nuestra economía es informal. Eso significa millones de bolivianos que trabajan duro todos los días, pero sin protección legal, sin acceso a crédito formal, sin posibilidad de crecer más allá de cierto límite. La informalidad perpetúa la pobreza y limita el potencial de desarrollo del país entero.
Paz propone una solución audaz y necesaria mediante la simplificación radical. Ventanilla única digital donde cualquier boliviano pueda formalizar su negocio en 24 horas. Costo cercano a cero. Carga tributaria mínima para microempresas. Eliminación del 80% de requisitos burocráticos actuales. Es una propuesta poderosa, porque ataca directamente uno de los mayores obstáculos, la complejidad absurda del sistema actual. Un emprendedor que quiere formalizarse, hoy puede tardar semanas o meses, pagar múltiples tasas y lidiar con decenas de ventanillas. Eso es inaceptable. La propuesta de Paz lo resuelve de un plumazo.
Pero Mancilla aporta una reflexión complementaria crucial, cuando señala que la formalización no es solo un trámite administrativo, es una transformación económica y social compleja. Mucha gente está en la informalidad no solo porque los trámites son complicados, sino porque no confía en las instituciones, porque no sabe cómo llevar su contabilidad, porque teme perder protecciones comunitarias, porque no ve mercados formales accesibles para sus productos. Su investigación en Ecuador mostró que el acceso al crédito para pequeñas empresas no mejora solo con bancos que presten, sino con ecosistemas completos que incluyen capacitación, garantías, articulación en redes y adaptación de productos financieros a realidades locales.
Entonces, ¿por qué no combinar ambas aproximaciones? Implementemos la simplificación radical de Paz, que es urgente y necesaria. Pero simultáneamente construyamos, con la visión de Mancilla, sistemas de apoyo diferenciados según las necesidades de cada territorio y sector. En El Alto, donde la economía comunitaria es fuerte, ayudemos a las asociaciones de comerciantes a formalizarse como cooperativas con regímenes adaptados. En Santa Cruz, donde la agroindustria pequeña tiene potencial exportador, facilitemos certificaciones y acceso a mercados internacionales. En Cochabamba, donde muchas PYMEs podrían articularse en cadenas productivas, construyamos esas conexiones.
Esta combinación no es utópica. Es perfectamente factible. Y ya hay espacios concretos donde ambas visiones podrían trabajar juntas de forma inmediata y con impacto real.
Primero, la construcción de un sistema de información económica territorial robusto. Paz necesita datos desagregados por región para evaluar si sus reformas están funcionando y dónde ajustar. Mancilla necesita datos para sus análisis multivariables que permitan diseñar intervenciones específicas. Ambos podrían colaborar en construir el mejor sistema de indicadores económicos territoriales que Bolivia haya tenido. Con datos de calidad, tanto el gobierno puede tomar mejores decisiones como la academia puede ofrecer mejores análisis.
Segundo, la evaluación rigurosa de políticas. Paz va a implementar reformas importantes. Algunas funcionarán mejor que otras. Algunas tendrán efectos no anticipados. Mancilla tiene exactamente las herramientas metodológicas para evaluar esos impactos de forma rigurosa, con análisis multivariable que capture no solo efectos directos sino también indirectos, no solo agregados sino también diferenciados por territorio y sector. Esa retroalimentación sería invaluable para ajustar políticas sobre la marcha. El gobierno ganaría capacidad de aprendizaje rápido. El país ganaría políticas públicas basadas en evidencia real, no en intuiciones.
Tercero, el diseño de estrategias para sectores específicos como las PYMEs. Paz puede hacer su parte eliminando trabas y reduciendo costos. Mancilla puede aportar diseños de ecosistemas de apoyo diferenciados según análisis de necesidades específicas por territorio y sector. Una PYME textil en El Alto no necesita lo mismo que una PYME agroindustrial en el oriente o una PYME turística en áreas rurales. La combinación de libertad de operación junto con apoyo inteligente diferenciado podría multiplicar el impacto.
Cuarto, la preparación estratégica para las grandes transiciones globales. Bolivia tiene litio, uno de los recursos más estratégicos del siglo XXI para la transición energética mundial. Paz puede mantener la economía abierta y atraer inversión para desarrollar esa industria. Mancilla puede aportar análisis prospectivo de cómo posicionarnos mejor en las cadenas de valor globales, qué capacidades locales desarrollar, qué alianzas buscar, cómo asegurar que el beneficio del litio se traduzca en desarrollo amplio y no solo en enclaves extractivos. Esta combinación de apertura dinámica con visión estratégica de largo plazo podría ser el diferenciador que convierta a Bolivia en un actor relevante, no solo un proveedor de materia prima.
Y quinto, tal vez el más importante: la construcción de confianza social en el proyecto de cambio. Las reformas económicas profundas requieren respaldo ciudadano sostenido. Ese respaldo se construye cuando la gente ve que hay tanto velocidad como cuidado, tanto decisión como reflexión, tanta apertura al mundo como protección de lo local. Si Paz actúa con la velocidad que el momento requiere, pero escucha las advertencias analíticas de voces como Mancilla sobre dónde proteger más, dónde ir más despacio, dónde construir apoyos adicionales, el proyecto tiene más probabilidades de sostenerse en el tiempo y generar transformaciones duraderas.
Lo que está en juego aquí no es pequeño. Bolivia ha oscilado durante décadas entre experimentos de apertura radical que generaron desigualdad y reacciones estatistas que generaron estancamiento. Este péndulo nos ha mantenido atrapados en el subdesarrollo. La oportunidad histórica que tenemos ahora es romper ese ciclo. No mediante un punto medio tibio que no satisface a nadie, sino mediante una síntesis inteligente que combine lo mejor de ambos mundos mediante la acción decidida con comprensión profunda, reformas estructurales con sensibilidad social, apertura económica con desarrollo de capacidades locales.
Rodrigo Paz tiene la legitimidad democrática, el mandato popular y la voluntad de cambio. Alfredo Mancilla tiene la profundidad analítica, el rigor científico y el compromiso con el desarrollo incluyente. Bolivia necesita a ambos en diálogo, no en trincheras opuestas.
Y aquí viene la parte más esperanzadora: ninguno de los dos es un extremista ideológico. Paz no quiere desmantelar toda protección social ni aplicar terapias de shock. Mancilla no quiere que se perpetúen las ineficiencias estatales, ni rechazar los mercados. Ambos son pragmáticos que buscan soluciones que funcionen. Esa es la base perfecta para la colaboración.
La historia juzgará a esta generación de líderes no por la pureza de sus ideas, sino por los resultados concretos que logren para la gente. ¿Crecerá la economía? ¿Se crearán empleos dignos? ¿Se reducirán las desigualdades? ¿Se formalizará la economía sin dejar a nadie atrás? ¿Estaremos mejor preparados para los desafíos del siglo XXI? Esas son las preguntas que importan.
Y para responderlas afirmativamente, Bolivia necesita tanto la claridad de acción de Rodrigo Paz como la profundidad de análisis de Alfredo Mancilla. Necesita reformas que destraben y políticas que incluyan. Necesita velocidad y cuidado. Necesita apertura y estrategia. Necesita mercado y Estado inteligente. No es una contradicción, es una complementariedad.
El padre de Mancilla, José Eduardo Mancilla Pereira, profesor de la UMSS durante décadas, solía decir que "el deber de los economistas es gestionar pensamiento y metodología que confluya en la generación de un estado de bienestar, disminuyéndose las desigualdades". Ese legado resuena hoy con fuerza especial. El desarrollo económico no es un fin en sí mismo. Es un medio para que la gente viva mejor, tenga oportunidades, pueda desarrollar su potencial. Y Paz, cuando habla de "capitalismo para todos", está apuntando exactamente a lo mismo mediante un sistema que genere prosperidad compartida, no solo riqueza concentrada.
Bolivia está ante una encrucijada histórica. Podemos tomar el camino de la polarización estéril, donde gobierno y academia se miran con desconfianza mutua, donde cada crítica se interpreta como sabotaje y cada reforma se rechaza por principio. Ese camino nos condena a repetir el péndulo del siglo XX.
O podemos tomar el camino del diálogo inteligente, donde la acción gubernamental se enriquece con análisis académico riguroso, donde las advertencias fundadas se escuchan sin parálisis, donde las reformas se implementan con velocidad, pero también con cuidado. Ese camino nos abre la posibilidad de construir algo nuevo: un modelo boliviano de desarrollo para el siglo XXI que no sea copia de nadie, pero que aprenda de todos.
La buena noticia es que tenemos las condiciones para ese segundo camino. Tenemos un gobierno con voluntad de cambio. Tenemos intelectuales con capacidad de análisis profundo. Tenemos una sociedad cansada de promesas incumplidas y hambrienta de resultados. Y tenemos recursos naturales estratégicos, como el litio, que nos dan margen de maniobra.
Lo que necesitamos ahora es construir los puentes. Que Paz abra espacios genuinos para escuchar voces como la de Mancilla, no como adorno sino como interlocución real. Que Mancilla y la comunidad académica ofrezcan sus análisis de forma propositiva, no solo crítica. Que todos entendamos que la tarea es demasiado grande para cualquier visión única, por brillante que sea.
Bolivia merece más que el éxito parcial de una sola aproximación. Merece el éxito completo que solo puede venir de la síntesis inteligente entre acción y reflexión, entre velocidad y profundidad, entre pragmatismo liberal y comprensión de la complejidad. Ese es el horizonte posible. Ese es el desafío histórico. Y esta es la generación que puede lograrlo.
El momento es ahora. Las piezas están en su lugar. Solo falta la voluntad de construir juntos. Si lo logramos, los bolivianos del futuro mirarán hacia atrás y dirán que ahí fue cuando Bolivia finalmente encontró su camino. No copiando a nadie, sino aprendiendo de todos. No con dogmas, sino con pragmatismo inteligente. No con soluciones simples para problemas complejos, sino con soluciones sofisticadas para realidades complejas.
Ese es la Bolivia que podemos construir, la Bolivia que merecemos. Y la conversación entre las visiones de Rodrigo Paz y Alfredo Mancilla podrían ser exactamente el catalizador que necesitamos para hacerlo realidad.
Este análisis se basa en investigación documental de publicaciones académicas, artículos de opinión y trayectoria profesional, con la convicción de que Bolivia está ante una oportunidad histórica única de transformación.