Ciencia y emancipación: El conocimiento como destino histórico de Bolivia
Autor: Post Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia Doctor en Economía. Posdoctoral Currículo, Discurso y Formación de Investigadores Académico Nacional e Internacional Periodista APC – ANPB alfredomancillaheredia@gmail.com
Bolivia no enfrenta solo una crisis económica cíclica ni una simple desaceleración productiva: Enfrenta una crisis estructural de conocimiento. Mientras el mundo transita hacia economías basadas en ciencia, tecnología e innovación, el país continúa anclado a una lógica periférica, extractiva y de filtración, donde los recursos naturales se agotan y el valor agregado —intelectual y tecnológico— se genera fuera de sus fronteras. En este escenario, la ciencia y la investigación científica no constituyen un lujo académico, sino una condición imprescindible para la emancipación nacional.
Bernardo A. Houssay, uno de los grandes pensadores científicos de América Latina, lo advirtió con precisión histórica: “De la investigación científica dependen la salud, el bienestar, la riqueza, el poder y hasta la independencia de las naciones”. Esta afirmación, lejos de ser retórica, sintetiza una verdad incómoda para los países que han postergado sistemáticamente la inversión en conocimiento: Un país que no investiga no decide; obedece. Un país que no produce ciencia vive subordinado a quienes sí lo hacen.
La economía boliviana ha reproducido, durante décadas, una estructura primaria de exportación de materias primas sin transformación sustantiva. Este patrón no solo genera dependencia económica, sino también dependencia cognitiva. Se importan tecnologías, modelos productivos y soluciones, sin desarrollar capacidades propias. Houssay advertía que las naciones que renuncian a la investigación científica quedan condenadas a una posición secundaria y permanente en el sistema internacional. La dependencia, en este sentido, no es solo material: Es intelectual y política.
Desde la epistemología contemporánea, autores como Mario Bunge han enfatizado que la ciencia es un conocimiento racional, sistemático, verificable y falible: Un proceso abierto y perfectible que permite comprender y transformar la realidad. Carl Sagan lo expresó con sencillez y contundencia: “La ciencia no es perfecta, pero es el mejor instrumento que tenemos”. Negarse a ella no fortalece la soberanía; la debilita.
La investigación científica no es un ejercicio abstracto ni ajeno a la vida cotidiana. Como sostenía Houssay, la investigación básica es la fuente de todas las aplicaciones prácticas, incluso de aquellas cuyos beneficios no son inmediatos ni visibles. Pretender únicamente ciencia “útil” en el corto plazo es una trampa frecuente en economías atrasadas: Sin ciencia fundamental no hay innovación, y sin innovación solo queda la importación permanente de tecnología.
Este razonamiento conduce a una cuestión central: La formación de investigadores. Houssay afirmaba que los científicos no se improvisan, que su formación requiere tiempo, estímulo temprano y un entorno institucional favorable. La educación científica debe comenzar en la escuela, enseñando a preguntar, a dudar con método, a observar críticamente la realidad. Una sociedad que no forma pensamiento científico desde la infancia reproduce obediencia, no ciudadanía.
La universidad, en este proceso, cumple un rol estratégico. Una universidad que no investiga —advertía Houssay— no es verdaderamente universidad, aunque otorgue títulos. La investigación no es un complemento de la docencia; es su sustento. Solo el docente que investiga puede formar profesionales capaces de adaptarse, innovar y liderar procesos de transformación. Cuando la universidad renuncia a la investigación, se convierte en una institución reproductora de conocimiento ajeno.
Este debate no puede desligarse de la equidad generacional. Invertir en ciencia hoy es un acto de responsabilidad histórica con las generaciones futuras. Un país que consume su renta natural sin transformarla en conocimiento está hipotecando su porvenir. La ciencia es, en esencia, una acumulación intergeneracional de saber: El mecanismo mediante el cual una sociedad dialoga éticamente con su futuro.
La ciencia, sin embargo, no es neutral en términos morales. Requiere virtud. Houssay advertía que los mayores peligros del mundo moderno no provienen de la ciencia, sino del uso irresponsable que se hace de ella. Por ello, la formación de investigadores debe integrar no solo competencias técnicas, sino valores: Honestidad intelectual, compromiso social y responsabilidad con el bien común.
Esta exigencia ética se extiende a la política. Bolivia no necesita gestores del corto plazo ni líderes improvisados, sino políticos con comprensión científica de la realidad. Gobernar sin evidencia, sin datos, sin pensamiento sistémico, es gobernar a ciegas. Houssay fue categórico: Los gobiernos que ignoran o marginan a sus científicos cometen un verdadero suicidio nacional.
La emancipación de Bolivia no se logrará con discursos vacíos ni con nacionalismos retóricos. Requiere una transformación estructural basada en ciencia, investigación y aplicación del conocimiento a los problemas nacionales. Requiere escuelas que enseñen a pensar, universidades que investiguen y políticos que comprendan la complejidad del desarrollo.
La ciencia no promete soluciones mágicas ni resultados inmediatos, pero ofrece algo más profundo y duradero: La posibilidad de que un país decida su destino con inteligencia, dignidad y responsabilidad histórica. Apostar por la ciencia no es solo una estrategia de desarrollo; para Bolivia, es un acto de emancipación.