Cuando la culpa no es del tomate: agio, impunidad y una crisis moral en el poder
Autor: Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia Doctor en Economía. Posdoctoral Currículo, Discurso y Formación de Investigadores Académico Nacional e Internacional Periodismo ANPB - APC
En los mercados de
Bolivia, el precio del tomate, la papa, el aceite y otros suben como si
tuvieran vida propia. Pero la inflación no es un fenómeno mágico ni un castigo
divino. Tiene responsables concretos, y aunque el discurso oficial busque
ocultarlos detrás de frases hechas, la verdadera crisis que vivimos no es solo
económica: es política, ética y estructural.
El gobierno ha
renunciado a su rol regulador. Permite que unos pocos controlen cadenas de
suministro enteras, desde la importación hasta la distribución. No hay voluntad
política para fiscalizar, mucho menos para sancionar, a quienes realmente
manipulan los precios: los grandes intermediarios, empresas con poder
monopólico y funcionarios cómplices.
Cuando la
autoridad económica aparece en los medios con explicaciones vagas —culpando al
clima, al contrabando o a “los especuladores”, sin nombres ni medidas— lo que
hace es desinformar y distraer a la ciudadanía. Es un relato diseñado para no
incomodar a quienes realmente lucran con la necesidad.
El agio, entendido
como el lucro abusivo ante la necesidad, está normalizado. No se trata solo de
subir precios, sino de hacerlo con cinismo y sin control. En Bolivia, la
especulación se institucionaliza cuando el Estado calla o participa
indirectamente. ¿Qué otra cosa es permitir que insumos agrícolas subsidiados
terminen en el mercado negro? ¿Qué lógica tiene subvencionar combustibles que
luego son traficados a países vecinos con ayuda de redes criminales?
Más grave aún: en
lugar de sancionar el enriquecimiento ilícito, muchos de sus protagonistas son
premiados con cargos, candidaturas o impunidad garantizada. Así, la corrupción
deja de ser un problema aislado y se convierte en modelo de ascenso político y
económico.
No hay política
económica sólida sin argumentación clara y responsable. En Bolivia, el discurso
oficial ha optado por la retórica fácil, populista y sin sustento técnico. Se
repiten frases como “defender al pueblo”, “luchar contra la especulación” o
“evitar la fuga de divisas”, pero no se acompaña con acciones coherentes. Las
medidas se toman a destiempo, con improvisación, y a menudo solo para calmar la
presión mediática, no para resolver los problemas estructurales.
Es urgente exigir
a los gobernantes bolivianos un cambio de actitud más que un nuevo plan
económico. Se requiere:
1. Reconocer la
raíz política y moral de la crisis: sin sinceridad, no hay solución.
2. Recuperar la
función reguladora del Estado: controlar cadenas de distribución, auditar
márgenes de ganancia y aplicar sanciones.
3. Combatir con
hechos el enriquecimiento ilícito: levantar el secreto bancario, investigar
fortunas inexplicables, recuperar bienes mal habidos.
4. Construir un
discurso económico basado en datos, ética y transparencia, no en excusas ni
campañas de miedo.
El pueblo
boliviano no necesita más discursos defensivos ni persecución a chivos
expiatorios. Necesita gobernantes que actúen con verdad, ética y valentía. Que
no teman desmontar las redes de poder que se enriquecen con la necesidad de
millones. Que no se escuden en el relato, sino que enfrenten la realidad con
decisión.
La inflación no empieza con exclusividad en el mercado, sino en el silencio
cómplice del poder. Y el verdadero cambio comienza cuando la ética vuelve a
ocupar un lugar en la política.