sábado 17 de octubre de 2026 • Trinidad, Beni
Cultura

CUENTO "EL ENGANCHADO"

CUENTO "EL ENGANCHADO"

Autor: Prof. Zoilo Salces Paz

Del auge de la goma elástica, época en la que se reclutaba a la fuerza, por medio del mecanismo legal llamado "enganche", a los indígenas amazónicos, originando con ello la esclavitud y la explotación, hay una extensa literatura: historia, novelas, ensayos, crónicas, teatros y artículos.

A continuación transcribo mi cuento: EL ENGANCHADO, publicado en mi libro: DIEZ CUENTOS BENIANOS CON HISTORIA (Págs.. 47 a 58), editado en 2018 y reeditado en 2024.

𝐄𝐋 𝐄𝐍𝐆𝐀𝐍𝐂𝐇𝐀𝐃𝐎

Un cuadro increíble, deslumbrante y como pintando por una mano mágica invisible, aparecía en el horizonte mientras el sol se ocultaba en la lejanía tras la selva opacada por las primeras sombras del atardecer. El ancho cauce plateado del torrentoso río Beni, cuyas aguas ondulaban murmullantes, se mostraba dominante y soberbio a lo largo de su primer plano. Mientras el sol se hundía en la profundidad del horizonte dilatado, cien de colores de distintas intensidades y tonos se pintaban en él al mismo tiempo que aparecían, como regadas por el inspirado pintor, nubes de formas extrañas y preñadas de vivos arreboles. Avecillas canoras de bellos plumajes, unas visibles en ramas y otras ocultadas en tupidas copas, unían en el aire sus alegres trinos, formando encantadoras sinfonías. Una fresca brisa húmeda y suave saturaba por momentos los espacios llevando el murmullo de las aguas como colgado en ella…

En la “barraca”, construida en la ribera del río en un amplio espacio abierto a punta de machete y hacha, la brisa avivaba fogatas por varios lados y los “picadores” empezaban a llegar por distintas “estradas”. Un joven nativo tacana, usando un pantalón raído y remendado y con el resto de su musculoso cuerpo bronceado desnudo, soplaba con fuerza un “pututu” cuyo ronco mugido parecía expandirse en la umbrosa selva. Los “picadores”, como convocados por él, llegaban al “núcleo”, uno tras otro, cargando en sus espaldas sus “jamachis” con blancas resinas de “siringas”, su balde en una mano, con su “tichela” y su cuchillo rayador adentro, y su largo y filo machete acerado en la otra. La “barraca” contaba con cerca de treinta “picadores”, todos indígenas de diferentes etnias: tacanas, maropas, araonas, cavineños, baures, cayubabas y mojeño-trinitarios, entre ellos. Conformaban un curioso mosaico étnico de hombres silenciosos de distintas lenguas que entendían y hablaban muy poco el Castellano. Pablo Guaji, al que llamaban “El Guayocho”, era el único mojeño-trinitario en el grupo.

A Pablo Guaji, igual que a muchos otros llevados a las “barracas” del Orthon, el Acre y el Madera, lo habían “enganchado” con engaños en Santísima Trinidad. Hacía sólo dos días que había llegado a la barraca “El Paraíso” y no conocía un siringal ni sabía el oficio de “picador”. En cuanto él llegó a la barraca o “núcleo”, donde estaban las viviendas y el laboratorio de conversión de la resina de la “siringa”, se dirigió hasta una “cazuela” grande de madera colocada cerca del “buyón”, sacó el “jamachi” de su espalda y vació en ella la blanca resina que había acopiado en él a lo largo del día. Tras él, siguiéndole los pasos, llegó el capataz de la barraca, que vigilaba todo el movimiento desde el centro de ella, llevando un chicote en la mano y un flamante Colt 38 largo en una elegante vaina colgada de su cinturón, el que luego de observar la cantidad de resina que él había vaciado en la “cazuela”, sentenciosamente, le dijo:

−¡Guayocho flojo, has traído muy poca resina… Sólo algo más de la mitad de la tarea…! ¡Tenés que rayar más árboles pa’ recoger más leche…! ¡Ya verás lo que va a pasar con vos si no cumplís tu tarea…!

Pablo Guaji, humillado y sin decir nada, se dirigió hacia la orilla de la alta ribera del río Beni, se sentó junto a una mara centenaria, apoyó su espalda en ella y desde ahí, mientras la noche espesaba sus primeros mantos apagando poco a poco las bellas acuarelas del ocaso, pensaba en su mujer y en sus hijos, aún pequeños, y soñaba con días mejores para su familia y su gente. El espíritu invisible que ese rato se movía en su entorno, como protegiéndolo, a un tiempo que lo envolvía, aliviando su cansancio, transportaba su alma hasta Santísima Trinidad, su pueblo, mostrándole repetidamente, una y otra vez, los desgraciados momentos en los que el hijo del Prefecto González Portal y sus “capangas” lo habían “enganchado” con engaños en un “número crecido de jornaleros”, para transferirlo, después, en las barracas de los siringales del Norte, donde eran explotados y tratados como animales de carga… El toque agudo de la campana de la barraca, llamando a comer, lo sacó de sus ensueños. La cocinera encargada de la comida de los “siringueros”, cuando le llegó su turno, le pasó un humeante y oloroso plato de “majao aguachentón”, con dos trozos de blanca yuca encima, puestas como “jacuú”. Con él, saboreándolo de antemano, se dirigió hacia un tosco banco de madera que parecía esperar bajo la espesa copa de un robusto y añoso mango. Un viejo nativo maropa, canoso y arrugado, que aparentaba más años de los que tenía, llegó en seguida y se sentó en el mismo banco, junto a él…

−Me llamo Manuel y me dicen “don Manuco” −dijo, dirigiéndose amistosamente a él, mientras comía−. Tengo más de diez años en esta barraca y estoy solo, igual que vos− añadió, mostrando resignación y tristeza.

−¿Tenías mujer aquí? −preguntó él.

−¡Sí, tenía una buena mujer y también tenía un hijo… Yo los extraño!

−¿Qué les paso a ellos don Manuco?

−¡No aguantaron, hijo; no aguantaron…! Estaban desnutridos y el paludismo acabó con los dos… Sus tumbas están cerca, por eso yo no me voy de aquí−le aclaró.

−¡Lo siento, lo siento mucho don Manuco! −exclamó él−¿por eso usté sigue aquí? −le preguntó.

−Por eso y porque no es fácil escapar de aquí… además, me dicen que les debo mucho y que nunca voy a terminar de pagarles−le aclaró él.

−¡Entiendo…! Dígame, don Manuco, aparte de recorrer la “estrada”, sacando la leche de la “siringa”, qué más se trabaja aquí.

− “Desfuman” la leche y la vuelven “bolacha”, que la llevan en “canoa” por el Mamoré y el Madera, hasta el Amazonas… Se trabaja “todo el año redondo”, aunque ya no haiga el “fabrico”; se trabaja en la estancia y en el chaco: trabajamos la cementera, cosechamos, atendemos el ganau, hacemos corrales, tumbamos monte pa’ hacer chaco y pa’ sembrar pasto pa’ los caballos y las vacas…−le explicó.

−¡Lo imaginaba…!−dijo él, a un tiempo que se paraba−Si me necesita pa’ algo, búsqueme! −añadió, antes de alejarse.

−¡Gracias, hijo; lo tomo en cuenta! −Contestó él−¡Cuidate del capataz, es bien malo y te ha puesto el ojo encima…!−Le aclaró.

El día siguiente, desde muy temprano, Pablo Guaji empezó a recorrer su “estrada”, pretendiendo rayar más siringas para obtener de ellas más látex. Terminada la jornada, aunque había obtenido más que el día anterior, el capataz no quedó conforme y lo hizo amarrar de manos en “el poste de los azotes”. Ahí, después de propinarle 25 latigazos, ordenó a uno de sus serviles ayudantes le dé una arroba más. Luego, ordenándoselo, le dijo: “Después de los 25 azotes le echás sal en su espalda, pa’ que no se nos agusane el camba este…” Pablo Guaji, con la espalda sangrante y soportando estoicamente su dolor, se sentó, como de costumbre, en el rústico banco que parecía esperarlo cerca del mango. A poco, un joven nativo llegó junto a él con una tutuma con agua, de la que tomó y con la que se lavó un poco la cara ardiente y sudorosa. Luego, apenado por él, le llevó “locro carretero” en una “tutuma” y un plátano asado para su “jacuú…”

−¡Tenés que comer, pa’ recuperar la fuerza, amigo…!−le dijo, después de sentarse cerca de él.

−¡Claro que sí, amigo… Gracias, muchas gracias…! ¡Valoro mucho esto que has hecho por mí…! ¿De dónde sos, cuál es tu nombre…?−dijo él.

−Me llamo Juan Yónima… Soy Cayubaba y tengo mi chaco cerca de Exaltación, donde vive mi familia−explicó él−Y vos, qué te llamás y de donde sos…?−le preguntó.

−Soy Trinitario y me llamo Pablo Guaji−respondió él−. Decime: ¿será difícil huir de aquí…?−preguntó, luego.

−Lo es… Y al que huye lo persiguen y lo buscan por todas partes… Y si lo agarran… ¡pobre de él…!−le aclaró.

−Yo, me voy a arriesgar… ¡Vas a ver vos…! Creo que si uno no escapa tiene que resignarse a morir aquí…

−Yo también, por lo que vengo viendo creo que eso ocurre con el que se queda, tarde o temprano… ¡Por eso es que vengo pensando escapar de aquí…! He descubierto un arroyo que tiene harta playa y que nace por el Sur, como en dirección de Santa Rosa del Yacuma… ¡Por ahí pienso huir…!

−¡Si vos querés huigamos juntos…! Así podemos ayudarnos y tener más posibilidades−sugirió Pablo Guaji.

−¡Me parece bien…!−dijo Juan Yónima, sin ocultar su alegría−. Lo vamos a planear bien y lo haremos en la próxima luna llena. Pa’ aprovechar la claridad−sugirió.

−Voy a sacarme una escopeta al fío del almacén, pa’ que podamos cazar, y voy a ir escondiendo mis cositas por mi “estrada”, pa’ no despertar sospechas cuando llegue el momento−aclaró Pablo Guaji.

−Yo haré, también, algo parecido… Y cuando llegue el momento me junto con vos en tu “estrada”, sé cómo rumbear hasta allá−indicó Juan Yónima.

−¿Cuál es tu plan…?−preguntó Pablo Guaji.

−Seguir por la playa del arroyito que te dije hasta cerca de Santa Rosa, y de ahí rumbear hacia el lago Rogoaguado, por donde está mi chaquito−explicó él.

−¡Me parece muy bien…! Yo voy a ir con vos hasta tu chaquito, donde descansaré unos días, pa’ luego seguir hasta Santísima Trinidad, sin entrar al pueblo, y de ahí a “Puerto Almacén”, por donde tengo mi chaco y mi familia−explicó Pablo Guaji.

Cuando llegó el día escogido un frío y fuerte surazo mecía la llanura. Ambos, cada uno por su “estrada”, salieron tapándose con sus viejas colchas de lana, llevando sus largos “machetes” afilados y ocultando en sus “atadijos”, para el “tapeque”, trozos de charque y algunos choclos asados. Pablo Guaji llevaba oculta su escopeta bajo la vieja colcha. Su amigo Juan Yónima, después de rayar dos horas las primeras siringas de su “estrada” abriéndose paso por medio monte llegó hasta la “estrada” de él. Desde donde, juntos, rumbeando a través de la espesa selva, se dirigieron hacia la playa seca y arenosa por la que habían decidido huir hacia el Sur, con dirección al río Yacuma. El resto del día, con el cauce plateado del arroyito a la derecha y el monte de su ribera a la izquierda, caminaron sin detenerse y a paso largo hasta el anochecer. En la orilla del monte, luego de cortar hojas de “motacú” para sus camas y de comer de sus “tapeques”, durmieron hasta cerca del amanecer. Mientras tanto en la “barraca”, desde donde los llamaron insistentemente con el “pututo”, hasta bien entrada la noche, el capataz, visiblemente enojado, sentenciosamente repetía:

−¡Ya verán esos cojudos, ya verán…! ¡¡A mí no se me escapan, qué carajo…!!

Había ofrecido buenas recompensas a quienes los atrapen o traigan buenas noticias de ellos. Por eso en cuanto amaneció, varios grupos a pie y en caballo salieron tras ellos con distintos rumbos. Pero dar con Pablo Guaji y con Juan Yónima no iba ser nada fácil, porque ellos se movían muy bien en la llanura y sabían sobrevivir en ella. Por eso, mucho antes del alba, reiniciaron su huída caminando con prisa por la arenosa playa. Como media legua más allá, para suerte de ellos, encontraron atracada una vieja canoa, con un remo desportillado y una larga “Singa” adentro de ella. Como no estaba su dueño cerca y tenían necesidad de ella, para descansar de caminar y no seguir dejando huellas en la playa, la tomaron y arribaron en ella, remando y singueando con fuerza todo el tiempo, hasta la media tarde, momento en el que la abandonaron y la empujaron hacia el cauce del río, para que flote “a bubuya” y pueda ser encontrada aguas abajo por su dueño. Desde ahí, para no dejar huellas claras, rumbearon por el monte y la pampa hasta la llegada de la noche. Todo ese día los buscaron en vano por el monte, las barracas vecinas y el arroyo. El capataz y dos de sus ayudantes, después de seguir sus huellas en la playa, hasta donde ellos habían encontrado la canoa, comprendiendo que era inútil seguir con la búsqueda, volvieron a la barraca. En cuanto llegó, imaginando que don Manuco, el viejo maropa, sabía algo, lo hizo traer y poner frente a él y luego, sin ocultar su rabia y su frustración, le dijo:

−Yo sé que vos eras amigo del “guayocho”, viejo… ¡Seguro que sabés hacia donde huyó y tenés que decírmelo…! ¡Sinó, serás duramente castigado…!

Como el pobre viejo nativo no sabía nada de la fuga, el capataz, muy enojado, ordenó que lo aten al “poste de los azotes” y que le den latigazos hasta que confiese. Don Manuco, con la espalda sangrante y cada vez más débil, en vano clamaba piedad. Un rato de esos cayó al suelo y quedó en silencio, para siempre…

−¡Parece que el pobre viejo se murió, fue mucho pa’ el…!−dijo el mozo que lo había azotado.

−¡No importa…!−exclamó el capataz−¡Ese viejo sólo era una carga…!−añadió.

Los fugitivos, después de atravesar pampas y montes desconocidos durante tres días, dieron con un río de cauce ancho y correntoso. Más allá, caminando por su playa arenosa encontraron dos campesinos, uno mayor y el otro adolescente, que comían protegidos por la sombra de un lozano sauce. Cerca de ellos ardían unos leños y más allá, en la orilla del río, había una canoa cargada, casi al tope, con varios racimos de plátanos verdes y con grandes bolsas de cotense, unas con maíz y otras con yucas. Juan Yónima, hablándoles en cayubaba, los saludó y les preguntó el nombre del río.

−Este es el río Yata, hermano−respondió el más viejo, que parecía ser el padre−Pero, ¡acérquense, vamos a compartir con ustedes nuestro “locrito de jochi pintao”…! −añadió, mientras el más joven llenaba con esa comida dos blancos platos enlozados.

Ambos prófugos, luego de lavar sus platos en las aguas del Yata y de agradecerles, se despidieron y continuaron su camino por la playa, siguiendo la dirección de la corriente de bajada del río. Después de caminar unas horas Juan Yónima, alegre y sin dejar de mirar por todos lados el entorno, dirigiéndose a su circunstancial amigo en la desgracia, le dijo:

−¡A partir de aquí todo irá bien amigo Pablo…!, porque conozco esta zona y estamos cerca del lago Rogoaguado, por donde tengo mi chaco… Las canoas y los batelones pasan seguido por aquí, alguna nos llevará aguas abajo… ¡Ya verás vos!

Dos días después, caminando unas veces y navegando otras, llegaron a un lugar, conocido por Juan Yónima, y rumbearon a pie hacia la parte alta del río “El Tapado”, por donde él tenía su chaco. Su familia, sorprendida con su llegada y hondamente conmovida, lloraba y reía agradecida a Dios y a la vida, porque sabía que raro era el nativo que volvía de las barracas y de los siringales del Norte. Veían su llegada como un milagro. La mujer de Juan Yónima, para agasajar a los recién llegados, sacrificó dos “pichones” y cocinó con ellos un apetitoso “majadito de pato” del que comieron, ambos, como desquitándose de sus días de ayuno durante la huída.

Pablo Guaji, al que acogieron y atendieron como a alguien muy respetado y querido, una vez recuperadas sus fuerzas, después de tres días de descanso, partió, mostrando honda gratitud y acompañado de Juan Yónima, hacia la desembocadura del río Yacuma y con la idea de encontrar en el Mamoré alguna embarcación de arribada a Santísima Trinidad, su pueblo. En la playa del Mamoré, que en ese momento estaba en la mitad de su cauce, los dos amigos, evadidos del barracón “El Paraíso”, se despidieron fraternalmente. Caminando por la playa, no lejos de ahí, se topó con varias varas de leña apiladas cuidadosamente. Supuso que su dueño no estaba lejos, por las huellas frescas del entorno, y decidió esperarlo. No se había equivocado: a poco salió del monte, con un “jase” grande de leña en el hombro, un nativo movima cuyo principal trabajo era vender leña a los vapores que pasaban por allí.

Se hicieron amigos y esperaron juntos. Ninguna embarcación pasó ese día. Recién el día siguiente, como a media mañana, atracó un pequeño vapor al que ambos le cargaron leña y cuyo comandante, después de escuchar a Pablo Guaji, aceptó llevarlo como tripulante, a cambio de trabajo en el trayecto. En puerto “Buenos Aires”, casi a la altura de San Javier, él desembarco, agradecido, y después de orientarse, guiado sólo por su intuición, tomó rumbo a pie hacia Santísima Trinidad, a la que evitó, igual que a los viajeros, para no ser reconocido y denunciado a las autoridades.

Su inesperada y sorpresiva aparición en la recta de la sendita que conectaba con su “pahuichi” techado con hojas de “motacú”, paralizó y enmudeció brevemente a su familia, que ese rato estaba por servirse el “tomau” en torno a una rústica mesita colocada en el patio y en la sombra de un coposo y robusto tamarindo. Una vez pasado el primer fuerte impacto emocional, Matilde, su mujer, y Pedro y José, sus dos pequeños hijos, corrieron a su encuentro. Luego, todos juntos y rebasados por la felicidad, tomaron el “café batido” en grandes canecos, acompañándolo con pan de arroz y con olorosas empanadas de arroz horneadas esa tarde por su mujer. Ella, después del “tomau”, movida por la preocupación por él, le preguntó:

−¿Qué haremos, Pablo…? Tu situación me preocupa, mucho; porque si te agarran te azotarán y te entregarán al dueño de la barraca de la que huiste…

−¡Ya he pensau en eso, no se preocupen…! Mañana nos acomodaremos, con calma, y pasau mañana nos iremos de aquí−les dijo.

−Adónde iremos, papá…−preguntaron Pedro y José, sus hijos, casi al mismo tiempo.

−Iremos donde están yéndose todos los mojeños, pa’ no seguir siendo abusados y explotados, hacia tierras del Sécure que fueron de nuestros abuelos, donde encontraremos nuestra “Loma Santa” −les explicó.

−¿Por dónde dicen que ya han fundado algunos ranchos, como San Lorenzo, San Francisco y el Rosario? −preguntó su mujer.

−¡Exactamente, Matilde…!−exclamó él−Por allá, además, tenemos a Andrés Guayacho y a Santos Noco Guaji, mi tío, nuestros dos respetados caciques−añadió−. Por allá nosotros, también, encontraremos nuestra “Loma Santa”.

Todo se cumplió, con la ayuda de Dios, como lo había planeado Pablo Guaji: encontraron su “Loma Santa”, próxima al río Sécure, donde vivieron muchos años felices, en comunicación permanente con la naturaleza amazónica, y libres y lejos de los abusos de los “carayanas”

GLOSARIO REGIONAL

Arroba: Significaba 25 azotes cuando se castigaba al nativo mojeño con la guasca.

A bubuya: Navegar dejándose llevar por la corriente del río.

Atadijo: Bulto o envoltorio que se hace generalmente con ropa.

Barraca: Casas e instalaciones con puerto situadas a la orilla de un río y donde se acopia goma elástica, castaña y madera.

Bolacha: Bola grande de goma conseguida sometiendo al humo (“desfumando”) la resina de la siringa.

Buyón: Hornilla de barro de donde salen el humo y los gases calientes que van coagulando y transformando en “bolacha” el látex de la siringa.

Cazuela: Especie de batea de madera.

Chaco: Tierra sembrada.

Desfumar: Conseguir mediante el humo la coagulación de la leche de la siringa.

Enganchado: Trabajador alistado generalmente con engaños para trabajar en las barracas y en los siringales del Norte.

Estrada: Sendas que van llevando hacía los árboles de la siringa en un determinado espacio.

Fabrico: Cantidad de bolachas producidas en la barraca.

Fregués: Cliente obligado a comprar en el negocio de su patrón y al precio que le imponen.

Guayocho: Seguidor de Andrés Guayacho el cacique mojeño que alentó la migración hacia lo que hoy es el TIPNIS como respuesta a la explotación y los abusos en momentos del auge de la goma elástica.

Inñapu: Chicha fuerte hecha de maíz (Voz tacana).

Jamachi: Especie de mochila impermeable donde el siringuero deposita la resina de las siringas.

Jase: Porción de leña que se amarra y carga al hombro.

Machete: Cuchillo grande y de hoja acerada utilizado para desmontar.

Manchón: Espacio de la selva poblado de siringas.

Motacú: (Scheelea princeps). Variedad de palmera cuyas hojas sirven para techos y cestos y de cuyo tallo se saca el “palmito”.

Núcleo: Lugar donde se convierte el látex de la siringa en “bolacha” o goma sólida.

Pahuichi: Casa humilde.

Picador: Trabajador o siringuero que pica o raya la siringa para sacarle su látex.

Pututu: Cuerno que se hace sonar para llamar y guiar al siringuero y para guiar una tropa de vacas.

Principal: Primer siringa que conecta con las otras de la estrada y que señala su comienzo y su final al mismo tiempo.

Singa: Vara larga utilizada para empujar la canoa en los lugares pandos del río.

Tapeque: Alimento que llevan los viajeros.

Tichela: Pequeña taza que se pone en la parte inferior del rayado de la siringa para recibir su látex.

Tomau: Desayuno o cena donde se come el pan acompañándolo con café, té o chocolate.

La Palabra del Beni · Decano de la Prensa Beniana