"EL CABILDO EN MOXOS-BENI EN EL TIEMPO Y EL ESPACIO"
Ubicándonos lo más y mejor posible en los tiempos y los espacios históricos, con la mayor precisión y pureza, podemos ver y leer con más claridad un hecho histórico determinado.
Autor: Zoilo Salces Paz
Los hechos históricos relacionados con Moxos conviene analizarlos desde sus particularidades, para acercarnos más a la verdad histórica. La historia de Moxos, consiguientemente también la del Cabildo en Moxos-Beni, no enmarca en la generalización. Se la ve con más claridad cuando nos acercamos a ella desde sus singularidades.
El hombre de una región determinada es hechura de la tierra de esa región: sobrevive, genera su cosmovisión, desarrolla su intuición y su cultura, practica sus costumbres…en armonía con ella. Consiguientemente, tanto la tierra como el hombre que vive en ella, son elementos básicos en dicho análisis.
Las tierras de los aztecas, los mayas, los quechuas, los aimaras…son muy distintas a la tierra de los mojeños (llanura amazónica). También son muy distintos antropológicamente: tienen cosmovisiones, culturas, sociedades y lenguas diferentes, incluyendo su idiosincrasia: el mojeño es amistoso, hospitalario, extrovertido, transparente, alegre…y con un amplio sentido de la libertad.
Corroborándolo y para que el lector saque sus conclusiones, por sí mismo, transcribo a continuación cuatro opiniones de reconocidos personajes históricos: autoridad colonial, el primero, científico el segundo, escritor investigador el tercero y explorador el cuarto:
“Si se exceptúa el dibujo, será preciso confesar que los indios moxos profesan casi todas las artes y oficios. En todos los pueblos (misiones) se encuentran buenos músicos y en algunos compositores, escultores, arquitectos, organeros, fundidores, ebanistas, torneros, herreros, tejedores, sastres, bordadores…” (Lázaro de Ribera en su informe al Rey de España, 1792).
“Hoy los Moxos son, sin género de duda, los más industriosos, los más hábiles de todos los indígenas del Alto Perú, tanto por sus tejidos como por una serie de innumerables artefactos que fabrican. Ellos son muy buenos músicos y pintores habilísimos” (Alcide D’Orbigny, 1832).
“Tejían, curtían, tallaban, forjaban, fundían, sembraban, meleaban, cosían, torneaban, aparaban, tocaban, cantaban, cultivaban y labraban el cacao, apacentaban las tres especies de ganaderías” (Gabriel René Moreno, 1888).
“A diferencia de los indios de la altiplanicie, suspicaces, hipócritas y serviles, todos estos indios del Oriente son francos, abiertos, y sinceros; o amigos o enemigos. Son además de carácter alegre pero respetuosos, cuando se los trata” (Ciro Baya, 1898).
Más de una veintena de expediciones, formadas por grupos de oficiales y soldados españoles bien armados, a lo largo de más de un siglo (1538-1667) no pudieron conquistar Moxos. Antes de ellos, tampoco el Inca Tupac Yupanki lo consiguió. La naturaleza y el clima se los impidió, fueron sus principales enemigos.
Lo que ellos no pudieron lo consiguieron los jesuitas, que no llegaron a Moxos en busca de riqueza, títulos y tierras, como ellos, sino a evangelizar para “ganar almas para Cristo” (lo dicen en sus crónicas), con la Biblia y la Cruz como sus armas. Esta particularidad originó una historia y una sociedad muy distinta a la que se dio en el Occidente del Alto Perú y en muchos otros lugares conquistados por los españoles.
Francisco Pizarro conquistó el Cusco y sometió a los quechuas el año 1533, Diego de Almagro cruzó el lago Titicaca, para explorar el Collasuyo de los aimaras, el año 1535, y Ñuflo de Chaves fundó Santa Cruz de la Sierra y empezó a ocupar la Chiquitania el año 1561. Más de un siglo después, el año 1667, los jesuitas empezaron a llegar a Moxos (provincia fundada el año 1560 por el Virrey del Perú Andrés Hurtado de Mendoza) con la firme idea de evangelizar al mojeño y fundar misiones con él.
A lo largo del siglo que estuvieron en Moxos, de donde fueron expulsados el año 1767 por orden del Rey de España, Carlos III, fundaron una veintena de misiones.
Consiguientemente, cuando los jesuitas iniciaron su obra evangelizadora en Moxos, Santa Cruz de la Sierra tenía más de un siglo y era un pueblo grande, donde funcionaba la propiedad privada y conformado por españoles, criollos, mestizos e indios. Desde dicho pueblo grande, antes que ingresaran los jesuitas a Moxos, salían malocas con algunos centenares de hombres bien armados, que cercaban aldeas mojeñas y atrapaban indígenas de toda edad y sexo, para venderlos como esclavos en Santa Cruz.
Fue en uno de esos grupos, conocedores del camino, que los primeros jesuitas: Juan de Soto, José Bermudo y Julián Aller, llegaron a Moxos. Donde estuvieron dos años, haciendo amistad y evangelizando a mojeños que vivían en aldeas de poca población y dispersos cerca de las orillas de la parte alta del río Mamoré, los primeros que contactaron y que no aceptaron concentrarse en una misión; porque creían que así, “serían presa fácil de los maloqueros”.
Por eso Pedro Marbán, Cipriano Barace y José del Castillo, los segundos jesuitas que entraron a Moxos (1675) y conquistaron al mojeño con la humildad, el buen trato y el Evangelio, comprendiendo ese recelo, consiguieron, por conducto de sus superiores en el “Colegio” que tenían en Lima, que el Rey de España, Carlos II, prohibía el ingreso de “carayanas” a Moxos; prohibición que se cumplió durante el siglo de los jesuitas en Moxos.
La población en Moxos a lo largo de ese siglo, excluyendo a los jesuitas, era cien por ciento indígena. El mestizaje empezó después de la expulsión de los jesuitas (1767), con los curas que los reemplazaron y con los advenedizos que empezaron a llegar a Moxos.
Los jesuitas desarrollaron en las misiones de Moxos “sociedades comunitarias teocráticas”, donde no había la propiedad privada y los bienes en cada misión eran de todos y para todos, y los cabildos en ellas, fundados por los jesuitas el año 1701, estaban conformados por mojeños, a los que los otros respetaban y tenían como sus líderes naturales.
Los tenían como sus líderes naturales, concebidos desde su cosmovisión, porque habían vencido al tigre, cuyo espíritu había entrado en ellos, y los protegía a su vez un “tigre invisible” (especie de deidad); protector del tigre real en la visión espiritual de ellos. Los jesuitas captaron esos dos niveles sociales: llamaron “la familia”, a los que habían vencido al tigre y a sus descendientes, y “el pueblo”, a los que no lo habían enfrentado.
El cabildo en Moxos siguió organizándose y proyectándose, con ese mismo espíritu, desde el año 1701 y hasta casi fines del pasado siglo XX. Lo que podemos ver, cronológicamente, a través de Gabriel Ojeari, cacique Baure, quien expulsó de su misión al Administrador español, José Manuel Vásquez, el año 1796; de Juan Maraza, el cacique de San Pedro (Capital de Moxos) que expulsó de Moxos al Gobernador español Miguel Zamora y Triviño, el año 1801, para luego instaurar en Moxos el Primer Gobierno Autónomo, netamente indígena, en el Alto Perú; de José Bopi, el cacique de Loreto que desobedeció la orden del gobernador Pedro Pablo de Urquijo, en octubre de 1810; de Pedro Ignacio Muiba y Gregorio Gonsález, los caciques de Santísima Trinidad, cuya rebelión por la Independencia abortó el 9 de noviembre de 1810; de Andrés Guayacho y Santos Noco Guaji, los caciques de Santísima Trinidad que se rebelaron en momentos del auge de la goma elástica, el año 1887, declarando la “Guerra Santa” al carayana y promoviendo la búsqueda de la “Loma Santa” (migración silenciosa en grupos de familia hacia lo que hoy es el TIPNIS); de Santos Noco Guaji, cacique vitalicio de San Lorenzo, hasta el día de su muerte, el año 1926; de los caciques Ernesto Noe, Marcial Fabricano, Tomás Ticuazo y Antonio Coseruna, conductores de la “Gran Marcha por el Territorio y la Dignidad”, iniciada en Santísima Trinidad el 15 de agosto de 1990.
El año 1825 la República encontró a un mojeño que no tenía ni sabía de propiedad privada, salido de una “sociedad comunitaria teocrática”, fundada por los jesuitas. Creó para ellos el “Contrato de las temporalidades”: los transfería a los terratenientes y patrones, como si fueran de su propiedad, cobrando los correspondientes impuestos por cada uno de ellos. En esos momentos los patrones instituyeron para ellos. “la guasca” por arroba (25 latigazos una arroba), para los que no cumplían con las “tareas” que les imponían diariamente. Los abusos se multiplicaron, profundizándose la explotación y la esclavitud.
El Presidente Jorge Córdova, por medio de su Decreto del 9 de julio de 1856, anula el “Contrato de las temporalidades” y dispone que los bienes de las diversas misiones: vacas, caballos, casas…sean repartidos proporcionalmente entre los mojeños de cada misión. Dando, así, origen a la propiedad privada en manos de los mojeños y a las “estancias” en manos particulares. Pero él, que no sabía manejarse en sociedades movidas por la propiedad privada y el empleo por un salario, para tener dinero y comprar lo que necesitaba en los negocios de los advenedizos, vendía sus bienes generalmente por bagatelas, incluso hasta por alcohol (“Los Gobernadores de Mojos”, de Manuel Limpias Saucedo). Fue así como las casas que tenían en los contornos de las plazas, sus ganados y otros bienes, fueron pasando a las manos de los carayanas y ellos, alejados cada vez más del centro de la exmisión.
Unos años después y en momentos del auge de la goma elástica, el Estado crea el “Contrato para los enganchados” (similar al de las temporalidades), con el propósito de cobrar impuestos al “enganchador” por cada mojeño que le transfería, y que éste, después, transfería a los empresarios en las barracas gomeras. Desde ese momento, a más de la “guasca” por arroba, para los que no cumplían con las tareas que les imponían en los siringales, hubo la bala del Winchister y de Colt, para los que huían y se rebelaban (“Los gobernadores de Mojos”, de Manuel Limpias Saucedo).
Raro era el mojeño que volvía a su terruño después de servir como barraquero, siringuero y remero. Sus cenizas quedaban perdidas en las barracas, los siringales y los lechos de nuestros torrentosos ríos. Su raza, diezmada rápidamente, parecía condenada a desaparecer. En esas penosas circunstancias, el año 1887, se dio la rebelión de los trinitarios, conducidos por los caciques Andrés Guayacho y Santos Noco Guaji.
Dichos valerosos caciques, siguiendo la tradición mojeña: “resistencia pacífica”, concordante con el respeto a la vida, se rebelaron enarbolando las banderas de la “Guerra Santa” al carayana y la búsqueda de la “Loma Santa”. “Guerra Santa” significaba abandonar en grupos familiares, secretamente, las que fueron misiones, para “dejar al carayana sin el brazo esclavo”. Migraban cada vez, silenciosamente, hacia el territorio hoy llamado TIPNIS, otrora tierra de sus abuelos, donde buscaban su “Loma Santa”: lugar alto donde tener sus casas, sus iglesias y sus chacos; sobre todo, donde vivir lejos del carayana y en concordancia con sus propias costumbres y visiones del mundo y de la vida. Así nacieron San Lorenzo, San Francisco, Trinidacito, El Rosario…
En ese y otros territorios indígenas las comunidades mojeñas organizaban sus cabildos, respetando y siguiendo la tradición. La tranquilidad en ellas la empezó a turbar la Ley de la Reforma Agraria, promulgada por el Presidente Víctor Paz Estensoro el 2 de agosto de 1953. Esa preocupación por el territorio y la sobrevivencia tomó forma de movimiento, hacia afuera, en la década del 80, cuando ganaderos, madereros y cocaleros invadían, cada vez más, sus tierras.
En esos momentos sus cabildos iniciaron reclamos y gestiones aisladamente, complejas y nada fáciles para ellos, que no eran escuchadas. Por eso, viéndose en desventaja y sintiéndose excluidos, decidieron unirse, para tener más fuerza y mayor convocatoria. Así nació, el año 1987, desde el cabildo de Santísima Trinidad, la “Central de Cabildos Indígenas del Beni”.
Dos años después, el 1989 y en base a dicha organización supracomunal, fundaron la “Central de Pueblos Indígenas del Beni”, CEPIB. Por conducto de esta nueva organización y apoyados por la Iglesia Católica y cada vez más por los medios de comunicación, empezaron a plantear sus demandas al Gobierno.
Como no daban resultados, por la postura invariable de ambos, organizaron la “Gran Marcha Mojeña por el Territorio y la Dignidad”, iniciada en Santísima Trinidad el 15 de agosto de 1990, con la firme decisión de caminar hasta La Paz, para hablar “cara a cara” con el Presidente Jaime Paz Zamora. Por esta inédita forma de reclamar derechos, con estoicismo, paz y firmeza, fueron recibidos con cariño y solidaridad por los paceños y aplaudidos y reconocidos adentro y afuera de nuestro país.
El espíritu cohesionador de los cabildos en Moxos-Beni, que mantuvo su pureza a lo largo de casi tres siglos, se empezó a desvirtuar y resquebrajar poco después de la “Gran Marcha Mojeña por el Territorio y la Dignidad”, realizada en 1990; porque algunos de sus líderes, encandilados por la política, aceptaron ser candidatos en diferentes partidos políticos. División que se profundizó a lo largo del gobierno del MAS, un gobierno prebendalista y de centralismo autoritario (controlaba los tres poderes del Estado), que compró conciencias de líderes mojeños y persiguió y maltrató a quienes se le oponían. Como ocurrió el 2011 con los marchistas de la VIII Marcha conducida por el cacique Fernando Vargas Mosúa, realizada en “Defensa del TIPNIS y de los Territorios Indígenas”, a los que acosaron todo el tiempo y cercaron, asaltaron y reprimieron brutalmente en Chaparina.