El eco silencioso de un colegio invisible
Autor: Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia Doctor en Economía. Periodista APC - ANPB alfredomancillaheredia@gmail.com

La ciudad tiene sus instituciones visibles, edificios de ladrillo y cristal, donde las profesiones y muchos profesionales se organizan y la ley encuentra su asiento. Pero también tiene sus sombras, sus réplicas, esos espejos opacos que reflejan una realidad distorsionada. Aquí, entre la promesa de prestigio y la desoladora falta de respaldo, opera un "colegio profesional" que no existe en el papel, pero que es muy real en la vida de quienes, con esperanza o resignación, han pagado una cuota por pertenecer.
Todo comienza con la figura del presidente, un hombre que ha perfeccionado la mímica del poder. Su oficina no está en un edificio oficial, sino en una sala prestada, un espacio temporal que se viste de importancia con un diploma falso y una agenda repleta de "reuniones estratégicas". Habla de ética y de defensa gremial, pero sus acciones revelan un entramado de beneficios personales. Las cuotas de membresía, que deberían financiar la capacitación o la defensa de los colegiados, se disuelven en gastos opacos, en viajes que nadie autorizó y en la compra de influencias que benefician solo a unos pocos.
El mecanismo de control es la ausencia de control. No hay asambleas legítimas donde se puedan exigir cuentas. Las elecciones son un mero formalismo donde el voto es un acto de fe ciega, porque no hay actas, ni escrutinio, ni un ente superior al que recurrir. Se ha creado una estructura clientelar, donde los favores se intercambian por lealtad. A quienes alzan la voz se les excluye, se les ignora, se les convierte en parias. A quienes aplauden se les premia con cargos menores, con reconocimientos vacíos que solo sirven para inflar el ego.
La manipulación es el arma más eficaz. El presidente utiliza la información como una moneda. A unos les da noticias a medias, a otros les susurra intrigas. Genera divisiones para que nadie se organice en su contra. La promesa de una "personería jurídica" es la zanahoria que mantiene a todos en movimiento, un futuro que nunca llega. En el fondo, todos saben que esa promesa es un fantasma.
El impacto ético es devastador. La credibilidad de la profesión se desvanece con cada cuota malgastada. La confianza entre colegas se quiebra, y la solidaridad gremial se convierte en una farsa. Los jóvenes profesionales, que entraron a la organización buscando guía, se encuentran con un pantano de mentiras y desilusión. El silencio se convierte en el mayor cómplice, un eco de resignación que resuena en los pasillos de un colegio que, aunque invisible, deja una huella muy visible de corrupción.
En el entramado profesional, hay quienes confunden el liderazgo con un feudo personal. La figura del presidente de un colegio o confederación, que debería ser garante de la ética y la meritocracia, se convierte a menudo en el arquitecto de una red de intereses opacos. Cuando estos líderes utilizan el papel oficial de la institución, su firma y su sello para redactar cartas de recomendación a favor de sus allegados —a esos que forman parte de sus mini-oligopolios de poder— para que aspiren a cargos en la asamblea plurinacional, no solo traicionan a sus colegas, sino que también socavan la democracia. Este acto, disfrazado de respaldo institucional, es en realidad un acto de corrupción silenciosa, una forma de nepotismo que instrumentaliza la reputación de toda una profesión para fines políticos y personales. Es una afrenta a la transparencia y un recordatorio de que, incluso en las más respetadas instituciones, la ambición personal puede doblar la dignidad de una firma y manchar la tinta con la que se escribe el futuro de una nación.
Y a quien se atreve a reflexionar sobre estas verdades incómodas, se le sindica de malagradecido, recordando que el verdadero "malagradecido" es el presidente del falaz colegio. Ese que se benefició con la "palestra", al que le facilitaron múltiples entrevistas a nombre del colegio fantasma para que hablara incoherencias, demostrando con cada intervención un bajo nivel académico. Así, al sinvergüenza que traicionó la confianza de sus colegas, lo llamaremos el "ilustre indocto", resaltando que cualquier semejanza con la realidad, por supuesto, es pura coincidencia.
Esta crónica no es solo sobre un presidente y su poder, es sobre el vacío legal que le permite existir. Es sobre la peligrosa ilusión de pertenencia que puede convertirse en una trampa.
Es un llamado a la conciencia para que las profesiones no deleguen su dignidad en manos de organizaciones sin rostro legal, y para que la luz de la transparencia ilumine los rincones más oscuros de la vida profesional.