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Integración latinoamericana: aceptar la realidad

Ronald Nostas Ardaya Industrial y ex Presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia

Integración latinoamericana: aceptar la realidad

Si algo ha caracterizado a nuestros países desde su nacimiento ha sido el ideal de la integración. El sueño de Bolívar, de un subcontinente unido política, económica y culturalmente, ha reaparecido de forma cíclica en nuestra historia, propiciando acuerdos, declaraciones y compromisos de diversa índole. Sin embargo, dos siglos después de las independencias, la región continúa fragmentada.

Y no ha sido por falta de mecanismos o de intenciones. Además de la OEA y el Parlamento Latinoamericano, actualmente existen al menos once iniciativas creadas para impulsar la integración: la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, el MERCOSUR, el ALBA, el Sistema Económico Latinoamericano, la CAN, la Asociación Latinoamericana de Integración, el Foro para el Progreso e Integración de América del Sur, la Cumbre de Río, la Cumbre Iberoamericana, la Cumbre de las Américas, y el Foro Económico Internacional de América Latina. La abundancia de entidades contrasta con la escasez de resultados.

Las dificultades para lograr una verdadera unidad no responden a una sola causa, sino a una combinación compleja de discordias políticas, fracturas culturales, ciclos ideológicos y, sobre todo, intereses nacionales que rara vez coinciden plenamente.

Uno de los principales obstáculos ha sido la profunda heterogeneidad política de la región y la tendencia pendular de sus ideologías dominantes. América Latina no se mueve como un bloque, sino como un mosaico de proyectos nacionales con distintas visiones sobre el rol del Estado, el mercado, la democracia y la inserción internacional que, en muchos casos, implican concepciones opuestas sobre desarrollo, soberanía y relaciones exteriores.

Las diferencias culturales también juegan un papel importante. Si bien existen lazos históricos evidentes, la región alberga una enorme diversidad de tradiciones sociales y composiciones étnicas. La gigantesca Amazonia tiene poco que ver con el Altiplano; los países del Plata apenas se relacionan con los del Pacífico e incluso Centroamérica sigue caminos diferentes a Sudamérica. Estos contrastes influyen en las prioridades nacionales y en la forma en que cada país percibe los beneficios y riesgos de integrarse más profundamente con sus vecinos.

Sin embargo, el factor más determinante suele ser el peso de los intereses nacionales. Las asimetrías entre países grandes y pequeños generan desconfianza. Los más pequeños temen quedar subordinados a las economías mayores, mientras que los más grandes suelen mostrarse reticentes a ceder ventajas estratégicas a instancias supranacionales. Las diferencias económicas entre los Estados son profundas y muestran niveles de desarrollo muy dispares que condicionan las prioridades y márgenes de acción de los gobiernos. Las discrepancias en MERCOSUR y el fracaso de UNASUR son muestras concluyentes de esta realidad.

Además, la inserción internacional de cada país no siempre coincide con una agenda regional común. Algunos priorizan vínculos con potencias extrarregionales, tratados bilaterales o bloques distintos, lo que fragmenta aún más el panorama. La competencia por atraer inversiones, acceder a mercados o ganar relevancia geopolítica puede llevar a estrategias divergentes o incluso contradictorias. En lugar de negociar como bloque, los países a menudo compiten entre sí, debilitando su capacidad colectiva de influencia en el escenario global.

También contribuye la debilidad institucional de muchos mecanismos de integración. A diferencia de la Unión Europea, donde se han construido instituciones supranacionales con capacidad real de decisión, en América Latina predomina la relación directa entre Estados. Las decisiones dependen casi exclusivamente de la voluntad de los gobiernos de turno, y no de reglas que trasciendan coyunturas políticas. Sin instituciones fuertes, financiamiento estable y marcos jurídicos vinculantes, la integración queda expuesta a los cambios de humor de la política interna.

Frente a la evidencia histórica de que la integración total y homogénea no se puede concretar, tal vez el camino sea una convergencia gradual y flexible, basada en la articulación de intereses comunes, beneficios equitativos y resultados tangibles.

Desafíos globales como el cambio climático, la transición energética, la reconfiguración de cadenas productivas y las tensiones geopolíticas hacen más evidente la necesidad de coordinación regional.  Pero esa unidad difícilmente avanzará si se sigue construyendo sobre discursos grandilocuentes y frágiles consensos ideológicos. Requiere reconocer las diferencias, gestionar las asimetrías y construir acuerdos pragmáticos en áreas concretas donde los intereses sí convergen: infraestructura y vinculación, facilitación del comercio, inversión, energía, cooperación científica, y medio ambiente.

Solo así la idea histórica de una América Latina más unida podrá dejar de ser un ideal recurrente y convertirse, aunque sea parcialmente, en una realidad sostenible.

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