LOS DUEÑOS DEL CAMINO
Autor: Post Ph. D. Alfredo Eduardo Mancilla Heredia
Doctor en Economía. Posdoctor en Formación de Investigadores
Académico Nacional e Internacional
El peaje no tiene caseta ni recibo: Es una piedra en la carretera, una llanta ardiendo, un grupo de hombres que decide quién pasa y quién no. El camionero que lleva verdura conoce la tarifa, la ambulancia negocia, el niño mira desde la ventana y aprende, sin que nadie se lo diga, la primera lección de su país: Que el camino tiene dueños, y que esos dueños no son los que lo caminan. Pienso en esa escena y entiendo que no estoy viendo un simple bloqueo: Estoy viendo el mecanismo íntimo del subdesarrollo funcionando a cielo abierto. Paul Collier llamó club de la miseria a los países atrapados en el fondo de la economía mundial, y explicó que no salen porque cayeron en trampas que se alimentan unas a otras. Lo que Collier midió con estadísticas, nosotros lo vivimos con rostro, porque la trampa tiene porteros, y entre los más eficaces está una criatura que nadie previó: El sindicato que dejó de ser sindicato. Digámoslo con justicia, porque sin justicia no hay reflexión honesta: El sindicalismo auténtico fue una conquista hermosa de la humanidad, arrancó al capital jornadas humanas, salarios dignos, la posibilidad de envejecer sin miedo, y millones de trabajadores le deben lo que son. De ese sindicalismo no hablo: Hablo de su cuerpo capturado, de la organización que conserva las palabras sagradas de la lucha obrera pero cuya contabilidad real es la de un negocio de extorsión, que ya no defiende el trabajo, sino que administra el acceso al trabajo, que ya no negocia salarios, sino que vende puestos, rutas, mercados y silencio, y que cobra su impuesto privado en cuotas, peajes y multas por no asistir al bloqueo, porque aquí el bloqueo no es el último recurso de los desesperados: Es la mercancía principal de los organizados. Y me pregunto por qué sobrevive algo tan visible, y la respuesta me devuelve al centro de todo lo que he investigado: Sobrevive porque vive de la ignorancia. Vive de que las bases no pregunten cuánto entra y dónde va, de que el afiliado no sepa que la organización le pertenece a él y no al revés, de que la gente confunda la protesta legítima, que toda democracia debe proteger, con el secuestro económico, que ninguna debería tolerar. Cada intento de auditar se relata como traición al pueblo, cada disidente es un vendido, y así la duda se fabrica en serie, como fabricaban duda las tabacaleras, hasta que un país entero termina con dos soberanías: La de las urnas, que se renueva cada cinco años, y la de las carreteras, que no se somete a elección alguna. Los gobiernos aprenden pronto cuál de las dos cobra más caro y gobiernan mirando al bloqueo antes que a la ley, y por eso el subdesarrollo no es nuestra mala suerte: Es un negocio en marcha, con guardias en la puerta, que pagamos todos y cobran pocos, casi siempre en nombre de los pobres y casi nunca a su favor. Pero la reflexión no puede terminar en la queja, porque la queja también es una forma de fila. La salida no es abolir el sindicato: Es devolvérselo al trabajador, con cuentas transparentes, con voto secreto, sin dirigencias eternas, y sobre todo con afiliados que sepan preguntar. Porque las mafias, como los malos gobiernos, comparten un mismo talón de Aquiles: No resisten una pregunta bien hecha. Y el día que la hagamos todos, ese día recordaremos la verdad más simple de esta historia: Un camino solo tiene un dueño legítimo, el que lo camina.