PILAR
Escrito Por: René Poppe Perez

Un día llamarona la puerta: toquesrápidos,urgentes,nerviosos.
¿Quien será a esta hora?Meacerquéaverquiénera.
La mujermemiródesafiante.
La memoria me sacudió. Eranañoslosque nolaveía.
Se mostrabaenvejecida,con manchasenla cara,hebrasblancasenelcabello, paliducha, enflaquecida, arrugada (cruel es la vida con algunas personas, me susurro la voz que habita cerca de mi corazón),pero se la podía reconocer esforzando la reminiscencia.
–––Estuhija––medijoseñalandoalaniñaqueestabaasulado––.Lacriéhastaacá.
Ahora te toca ati.
Se dio media vuelta y se marchó a toda prisa. Cojeaba en su andar y el sol le daba a las espaldas. Mudo y atascado la vi alejarse. La niña llevaba una mochila que depositó en la baldosa. Me observaba expectante queriendo indagar qué iba a continuar después. Me pareció que se aguantaba la risa al verme asombrado, hecho una piedra y como si me hubieran dado un combazo en la cara.
La envolví con una mirada de cariño y le sonreí con la más estudiada de mis simpáticas sonrisas.A la leguasenotabaque erami hija.No erasumirar ni su frente nisus cabellos ni ese aire de tristeza que no se me desprende, era todo, lo más todo que pudiera notarse a primera vista.
–––Cuálestunombre.
–––Pilar.
–––BienPilar; pasa.
Levanté su mochila y era liviana. Cerrélapuertaquedabaalacalle.
Dentro de cuartos de hora llegaría la noche. Penséquenoteníanadacocinadoparaofrecerle.
¿Por qué se me daría a pensar que Pilar venía con hambre? Mucho he pensado en ese primer instante. Debió ser que la inconciencia me remordía. El alma es mucho más insondable que los caminos de dios.
–––Qué hermosojardín.¡Yconárbolesfrutales!
Tocado por su inusitada sorpresa y alegría me adelanté a abrir la puerta de la casa. Sí. Gran parte de la casa era un estrecho jardín y una pequeña huerta. Lo demás era terreno baldío.
–––Pasa,porfavor.
Se le instaló un gesto de contento que no es posible señalar con el dedo debido a que estaba en todo el rostro de manera impalpable; en el brillo de sus ojos.
La voz interiorme susurróa la mente:se ve quese vana llevarbien. Me agradó saberlo y sentí que mis ojos endulzaban la mirada.
Nunca se podrá permanecer indiferente ante una niña que de pronto llega a tu vida y te dicen:
–––Estuhija.
Así no lofueradeverdad.
Losniñosson lomáshermosoqueha dadolanaturaleza.
–––Pasa, pasaPilar.
Yo no quería ir porque me dominaba la flojera. Prefería quedarme tirado en cama mirando las estúpidas películas que pasan en la televisión; pura basura. Me había tocado asistir a una semana con días inusuales, un poco atareadas, con momentos y personas demal genio. Yo estaba acostumbrado a hacer nada y el poco esfuerzo es mucho para mí. Además, llevaba la digestión pesada y me rebullía y molestaba el estómago.
–––Vamos ––sonriente me animó Cachín Antezana que me visitaba en mi departamento––. Van a estar la Jenny y su marido. Por ahí le animamos a cantar a la Cárdenas. Mejor estarás con ellos que tirado en la cama.
Acepté a regañadientesyporque melopedíaunamigo querido.
No siempre me gustaba asistir a reuniones donde ––parecido a cualquier cosa sabida de memoria–– se alardeaba de un vasto conocimiento.Mi ignorancia se preguntaba: ¿caramba, de dónde sacan tanta información?Es cierto que muchos de ellos habían retornado al país después de años de exilio. Eran díscolos y mete bullas en las calles de La Paz–– universitarios por horas–– hasta que llegó el golpe del Ejército aliando con el narcotráfico. Las embajadas abrieron sus puertas, los revoltosos salieron del país, obtuvieron becas de estudio y con el regreso de la democracia aparecieron con títulos profesionales. Almomento coparon las universidades para dictar cátedras de línea conservadora. Daban la asombrosa impresión de muy cultos e inteligentes, mucho más que aquellos nada oportunistas que se habían quedado soterrados en las covachas de la clandestinidad
Antes de llegar al departamento de Guadalupe Terceros, mujer que no conocíamos, nos abastecimos de dos botellas de singani Majuelo.
–––Cigarros más––apuntó Cachín.Eraun fumadorempedernido.
Al ver llegar a Cachín Antezana las voces sonaron con alegría. Era un hombre muy apreciado por todo el que le conocía. Hasta las abuelas de los amigos con cariño opinaban que parecía un pajarito parado en la rama delgada del árbol un día de lluvia. Frágil decuerpo y gran bebedor de singani. Repetidor de frases que al escuchar dejaban pensativo al oído receptivo. Amiguero hasta los tuétanos. Siempre con novedades que contagiaba a los demás; que Gladis Moreno, la mejor voz femenina del continente ––cierto––; que Jesús Urzagasti, con su novela Tirinea; que el Mitre con eso que ves allí forrada de cuero es una vaca; queGarrincha, el pajarillo Mané. Los quenuncaseveíanni en las calles de la ciudad, al saber que desde Cochabamba llegaba Cachín, hacían largo espacio de una noche para tertuliar con él. Las únicas que no asistían eran las mujeres hogareñas de los poetas, narradores, músicos y pintores. Grupo mayoritario. A Cachín le tenían disimulada ojerizaya que sus maridos y amantes se extraviaban toda la noche parloteando, bebiendo y hablando demujeres quellenaban y actuaban con singularidad en las páginas delas novelas nacionales.
Cachín era conceptuado el más inteligente, el más culto, el mejor critico y el más todo. No solo los amigos estaban seguros que así era, también el propio Cachín. Siempre consideraban necesario y rutinario que Cachín leyera el libro que escribían los amigos para después entregar el texto a la imprenta, a las librerías, al lector indiferente. Su palabra era mejor conceptuada que la de Sáenz. Este era un poeta y narrador lleno de excentricidades, vulgaridades, bebedor ––delirium tremens he tenido––, y jugador de cacho.
Esa noche en que fui a emborracharme en compañía de Cachín y los amigos adeptos a empinar el codo, y de paso a escuchar cantar a la Cárdenas, conocí a Guadalupe Terceros.
Esverdadque siempre hayunaBeatrizen la vida de uno,ytambiénsu Waterloo.
–––¿Vivessolo?––era delicado ytranquilo el susurrode su voz.
–––Sí.
–––¿Encasatan grande?––su vozeraclara, agua dearroyotransparente, fresca.
–––Dos veces a la semana viene una mujer a hacer la limpieza, ocuparse del jardín y cocinar para mis almuerzos.
Me miró sorprendida. Sus interrogaciones le ha debido susurrar algo al entendimiento. Quedó como asimilando mis palabras y pensando que aun no opinaría nada. Se comportaba con soltura absoluta,esa con la que te arma ycapacita la vidadebido a los transes que te ha hecho pasar sin buscarlo tú.
–––Quéedadtienes.
–––Nueve, casi diez.
Con rapidez hice los cálculos. Si, podía ser mi hija. Se ajustaban los tiempos. Cachín Antezana ya no era el amigo de antes. No es que nos hayamos enemistado. La amistad estrecha que nos profesábamos se extinguió como nube de cielo. Sucede que con nuestro cariño entrañable habíamos colmado por completo la parte que correspondía a nuestras historias de vida.
–––¿Sabes que eresmi hija?
–––Mi madre me lo comentó y reclamé conocerte. Por eso vinimos. Ayer en la madrugada salimos de Puerto Arzans. Fue un viaje pesado, todo camino de tierra, lleno de polvo.
No quise indagar mucho más, todavía.El canto de su voz no sonaba a paceño. Había ausencia de erres duras, filosas, como cúspides de cerros imponentes,nevados, atrevidos a la presencia del cielo. Tal vez de un pueblo deChuquisaca. DePresto, de Chuquichuqui, de Poroma, de Sopachuy, de las tierras que nunca olvidó mi abuela.
–––Porelmomento tequedarásen elcuartode invitados.Esun dormitorio másomenos cómodo, con su baño y su ducha. Por unos días estarás ahí. Luego armaremos un pequeño departamento para tu uso exclusivo.
–––Bueno. Cómo túdigas.
Me sorprendió la manera tan natural en la que hablamos, como si desde siempre hubiésemos sido padre e hija.
Me siguió los pasos con asombro en su rostro. Miraba acuciosa los cuadros colgados de las paredes, las esculturas, las vasijas prehispánicas y las estanterías de libros. Su pisar los peldaños de la escalera eraafelpado, semejante a los pasos quesin querer se imprime en un recinto de solemnidades, cuidando de no descargar todo el peso del cuerpo.
–––¿Todo estoestuyo?
Sus palabras, sin buscarlo ella, me dieron a entender que su madre la crió alejada de lecturas y pinturas.
–––Este es tu bisabuelo ––le dije señalando al adusto viejo bigotudo y cascarrabias que cada mañana desde el óleo lanzaba su mirada antigua como reprochando mi existir de vagancia absoluta.Tacaño en viday prodigo explotadordeindios en sus fincas. Allá, en illo tempore.
–––Senotaquees antiguo,¿no?Ahoralos viejos nosonasí. Al momento de abrir la puerta del dormitorio le pregunté:
–––¿Hastaquégradoestudiaste?
Palpóelcolchón, dio una miradaa lo querodeaba,sonrióregalando alegría.
–––Gracias ––dijoysu esperaquietameinvitó asalirdelahabitación.
–––Mañanadesayunaremosalasiete ––meescuchédecirparacerrarlasituación. Recibí una sonrisa agradable, lejana, ajena. Su rostro se cubría de cansancio.
Gran parte de la noche hablaron de las mujeres que poblaban con sus actos las mejores novelas bolivianas: las Claudina de Jaime Mendoza, Arturo Costa Du Rels, Carlos Medinacelli. Unos mostraban pasión y otros contento o simpatía. Yo escuchaba, bebía, fumaba y me aburría. No me animaba a intervenir en ese cúmulo de sapiencias que cual río caudaloso se desbordaba con la lúcida intervención de cada uno de los amigos, más borrachos a medida que transcurrían las horas frías de la hoyada paceña.
Cuando de las apasionadas conversaciones sobre la literatura boliviana pasaron desúbito a discurrir sobre fútbol, quesi Garrincha, que si Pelé, que si Maradona, quesi Víctor Agustín Ugarte, enfatizando frases con mayor pasión que al tema literario, no sé si porque estaban muy borrachos o eran los mejores entendidos, a puntode ser vencido por el sueño, me acerqué a tirar mi cuerpo en parte de un sillón.
Estabaporingresar al sueñoy ellaseacercó.
–––¿Aburrido?
–––No. Consueño.
Se hizo espacio entre mis pies empujándolos al espaldar. Sentí el calor húmedo de sucuerpo.
–––¿Tútambiénescribes?
–––No.
–––¿Yqué hacesentreellos?
–––Soylibrero.
–––Ah.
Para romper el silencio que quería extenderse pesado, se levantó y trajo una botella de singani.
–––¿Quierespuro o con Coca–cola?
–––Puro.
–––Igual que yo. Te hubiera invitado cocaína pero no vino ese poeta de: ¿billete de cien pesos dónde estás que no te veo?
–––¿Conocesaeseimbécil?
–––Mejor háblamedeti.
Le conté las minucias de mi trabajo inventado y ella era pintora. Mientras los amigos elevaban sus voces embriagadas, nosotros hablábamos bajito, cara a cara y nos besamos.
–––Me gusta tu casa ––abarcaba con su mirada flores, árboles de durazno, damasco, ciruelo, limón, molle, tumbo, madre selva y arbustos diseminados en el jardín––. ¿Tu dormitorio tiene ventana al jardín?
Norecuerdo,pensé.
Era una casa grande comprada días antes de la muerte de María. La bala que la mataría todavía estaba en el cuartel. No tuve tiempo ni ganas de memorizar detalles de habitaciones y senderos ajardinados. Me hallaba afectado por esa muerte planificada por el estúpido alto mando militar. Además, no tenía por qué dar explicaciones. No le quise aturrullar con biografías queseguro no le interesarían:quehabíaquedado viudo;quemi mujerera médica delejércitocongradomilitar;quelos mismos militares equivocándose deobjetivolahabían asesinado en la balacera cuando ordenaron matar a los manifestantes; que su sueldo pasó a mi nombre en condición de viudo y enforma vitalicia con el100% de lo queMaría ganaba; que esa cantidad significaba 16 veces el sueldo que obtendría como librero; que no necesitaba trabajaryque mivaganciala pasaba leyendoycaminandoalrededor mismode la casa.
La empleadaque nos servía realizando eltrabajo doméstico había quedadoa miservicio y se ocupaba de la limpieza y la cocina.
–––Alquileunoscuartos,señor;siquieraparapagarlosimpuestosyelmantenimiento.
Sino le saldrá caro.
No quise hacerlo. Sentíaque quedaba impregnadoen los resquicios delas paredes algún aire que pertenecía a María.
–––Olvídeseya de unavez,señor;lo pasadoespasado.
–––Iremos a ver ––le dije a Pilar––. No recuerdo si la ventana de mi dormitorio da al jardín. Estoy tan poco tiempo en él.Desde el amanecer paso las horas en la biblioteca que tiene amplios ventanales, mucha luz y muestra un paisaje de cerros azules y bermejos en la lejanía.
–––¿Cómodebollamarte?
–––Soytupadre. Me llamoJoséMiguel.
–––Lo séJoséMiguel,mamámelo hadicho.
–––Para ti buscaremoselmejordormitorioconvistaaljardín.
–––Gracias.
YesosminutosyesashorasmellamóJoséMiguel.
–––Es tarde y debo ir a trabajar mañana muy temprano ––dijo Guadalupe Terceros, desprendiendo su boca de mis besos.
La besé variasvecesmás.Elcalorde sussenosentregaba elaroma de sucuerpo.Cuerpo dulce. Piel suave, morena, firme. La vi alejarse con dirección a su dormitorio. También me aparté del sillón y la seguí inquieto de deseo. Había dos puertas en el estrecho pasillo.Abrí la primera y ahí estaba ella, mirando por la ventana la ciudad que dormía tranquila.
–––Hola––dije convoztemblorosa, hueca.
Me miróconsusojosagrandadosyprotegiósucuerpo detrásde lacama.
–––Hola––volvíadecirlecargado dedeseo.
Como soy vago de vocación y no tengo dioses en el cielo ni amos en la tierra, melevantode la cama cuandoasílodesea mi soberana voluntad.Carezcodehorariosa cumplir y tareas querealizar. Pero al díasiguiente dela llegadade Pilar, mi hija, hice elesfuerzo de temprano sacar de la cama elpie derecho,luego el izquierdo, sentarme al borde dela cujay estirar los brazos lo más que pueda para poner en movimiento las partes soñolientas de mi cuerpo. Con voluntad de gigante me puse de pie. Caminé hasta el baño para botar de mis ojos el sueño queaun quedaba y bajo la lluvia tibia de la duchadejar que se desprendan los olores apegados a mi piel en las horas de la noche. Una vez vestido en forma presentable ante la nueva habitante de mi casa, me acerqué a la puerta del dormitorio de Pilar.
–––¿Pilar?––ibaadecirlemuy suave,como si mivozletocaradentro desu sueño.
La puerta del dormitorio se hallaba abierta y en el interior Pilar no estaba. “Se escapó”, con sobresalto, pesimismo y maldad, me susurró mi voz interior. “No puede ser”, lecontesté con la idea quebrada en el cerebro.
Bajé lasgradas ylos ruidos de platos y platillos y cucharillas yagua que fluía cantarina, introdujo paz en mis ánimos.
–––¿Pilar?––pronunciéconalegríadesdeelpasillo que conducíaa lacocina.
–––Está acá ––avisó la empleada doméstica, esa gorda, herencia de mi ex–mujer, la difunta. A veces me cae gorda pero esta vez no. Su voz sonaba serena.
–––¿Pilar?
–––Sí.
Desayunamosconmoderación.Aluntarel pan conmantequillalepropuse:
–––Vamosal centrode la ciudada hacer compras.
–––Bueno––aceptó y lamiréalaluzdelsoldelamañana. No. No teníalos rasgos míos que había notado la tarde y la noche anterior. Era muy parecida a su madre, como una gota de agua con otra.
–––Compraremosbonitaropa parati.
Memiró espabilada,sonrienteyagradecida.
Despacio separé mi mano dormida del seno de Guadalupe Terceros, para que no despierte ni producirle dolor. Recordé que ella comentó que tenía que ir temprano altrabajo. Salí de la cama y el día aun no había llegado. El cristal de la ventana estaba oscuro como las calles. Sentí humedad en el ambiente. Va a llover, avisó miexperiencia. No creo, le respondí en silencio. Tanteando con sumo cuidado en la penumbra busqué mis zapatos y mis ropas. No duerme, avisó mi usanza, se hace la que duerme. Cuidando de que no chirríe la puerta del dormitorio, la abrí con suma lentitud.
En la sala el ambiente apestaba a humo de cigarros y cerveza y singani. Era intenso y casi irrespirable. No había Cachín. Algunos, desconocidos para mí, dormían en los sillones igualalas pinturas de combatientes derrotados después delabatalla. Mi actitud calificadora observó: que feo es el que duerme con la boca abierta y la mandíbula a un lado. No vino la Jenny Cárdenas, me pregunté. No sé, me contesté, yo estuve en otra, muy feliz. Qué rico cuerpo el de Guadalupe Terceros. De pronto me asaltó la duda: ¿así se llama o tiene otro nombre? ¿Cómose llama?, interrogué a mi voz interior y ella a mi cerebro. No recordamos, me dijeron. Como cuidando de no pisar cristales rotos, salí del departamento. Antes de cerrarlapuertaconlamiradavolvíabuscaraCachín. Noestabaporningúnrincón.
¿Dónde habrá idoa dormir? Nolosé, me dije. Afuera,laciudadfría estaba por amanecer.
Nos fuimos de compras por las calles Comercio y Potosí. La ciudad aceleraba su expansión, pero los negocios de ropa fina continuaban siendo escasos. Los políticos y militares vestían bien debido a que compraban sus ropas en el extranjero. Era una de las razones por las que siempre estaban en busca y a la pesca de misiones oficiales que les encargara viajar fuera de Bolivia.
–––¿Porqué tienesuna casa tangrande para ti solo?
–––Pilar ––le confesé––, mi ex–mujer compró esa casa con su propio dinero. Gustaba con pasión de las cosas antiguas. La casa que la heredé debió ser construida hace un siglo. Era la casa de hacienda de la finca. Desapareció la finca loteada para viviendas populares y la ciudad se acercó a la casa de hacienda convirtiéndola en enorme e incoherentearmatroste. Me hubiera gustado vivir en un pequeño chalet, de pocas habitaciones, pero así me trató el destino y qué se le va a hacer.
La industria boliviana de la ropa era pobre, ordinaria, insuficiente. Después de la revolución de abril la vida cambió un poco y los judíos, escapados de la Alemania nazi, empezaron a importar telas de mejor calidad y confeccionaban los trajes a medida o de una sola talla teniendo en cuenta el estándar del hombre boliviano.
–––Yome vestía conlaropa que dejaba deusarmi padre,tu abuelo.
De niño asistía a la escuela con la ropa demasiado holgada, como de payaso de circo; paralosañosdecolegiomicuerpocreciótanprontoquelosternosdemipadreapenas
cubrían mi cuerpo. Seguía pareciendo un payaso pero de diferente manera. Un payaso con las mangas del saco hasta un poco bajo el codo.
Cada frase mía le llama a la risa a Pilar. Se engancha a mi brazo. ¿De dónde viene esa risa y esa desenvoltura? La dejo que escoja su ropa, la que más le guste, que no preguntepor los precios, está prohibido. Hacemos paquetes y la dependienta de “Almacenes El Louvre” nos obsequia un cajón de cartón para acomodar lo comprado. Prometemos volveral día siguiente por más ropa bonita.
Me dijeron que Guadalupe Terceros cuando no pintaba era visitadora médica. Por los consultorios médicos en horas de la tarde repartía muestras médicas gratuitas. La busquécon resultados infructuosos. Temprano de la mañana y tarde de la noche me acerqué al departamento donde vivía y ante mis toques de llamada nadieabría la puerta. Me paraba en las esquinas de los laboratorios que elaboraban los medicamentos y no pude dar con ella. Los amigos tampoco podían proporcionarme mayores datos seguros. Después de meses de búsqueda mi desaliento me aconsejó: déjatede huevadasy olvídate de Guadalupe Terceros; ni siquiera la conoces como es debido. Entonces, obediente, la pasé al olvido. Alguna vez cuando Cachín se trasladaba a La Paz para dar conferencias sobre James Joyce,FranzKafka o J.L. Borges, estaba por preguntarle si recordaba a los asistentes a la reunión y borrachera de esa noche en el departamento que ocupaba Guadalupe Terceros, pero al momento se me olvidaba. Él tampoco mencionó o hizo alusión a esa noche.
–––¿Ytú,Pilar,dónde hasvivido?
El coche nos traslada por las avenidas Mariscal Santa Cruz, Aniceto Arze, San Jorge, obrajes. Clima templado, de brisas tibias por las noches. Silencio de campo, sembradíos de maíz y árboles frutales. Paz de pueblo chico. Su madre le contó que estuvieron juntas hasta los dos años. Después, la abuela, madre de su madre, se hizo cargo de Pilar.
–––Lo primero que recuerdo es el tren que llegaba y partía con gran estruendo. Tenía seis años. Era feliz y no recuerdo de mi vida.
El hermano de su madre era telegrafista en la estación Ferroviaria de Gral. Pando. Eran tres viviendo en un cuarto a continuación de la rampla del andén. Todos los días eraniguales y cuando paseaban iban a pie hasta Corocoro, la mina de cobre. Le comprabanhabas tostadas, pito de cañahua y ollas diminutas de barro para su juguete. Siente que fue feliz esos años con la abuela y el tío.
–––Undía el tren trajo a mimadre.
La abuela se enojó y subió de tono la discusión. El tío permanecía callado. El tíosiempre callaba, nunca un enojo, nunca un reproche.
–––Me llevóa Viacha mimadre.
Aprendió a leer y escribir. Lo mejor de la vida le dio la escuela Villamil de Rada. Conoció la magia del cine mudo en blanco y negro. Como la madre era nómada y gustaba estar en una y otra ciudad, en constante cambio de trabajo, a Pilar la internó en el convento de monjas. Si existe un infierno verdadero debe ser un convento de monjas. Enterada de tal atrocidad la abuela se la llevó a Puerto Guaqui, estación ferroviaria donde establecieron trabajara el tío, hermano de su madre. A los pocos años, después del triunfo de larevolución de abril, vivían con estrechez y pobreza y la abuela aceptó que Pilar pase a tuición de su madre.
–––Se metió al negocio del oro en las minas de Guanay y no le fue bien. Años después vinimos a La Paz y te buscó preguntando a tus amigos y me dejó contigo, ayer nomás.
Detuvimos el coche en la puerta del garaje. Teníamos las manos ocupadas llevando elcajón de ropa linda recién comprada.
GuadalupeTercerosnosesperabaenlapuertadecalle. Al vernos se abalanzó hacia nosotros.
–––Ven ––ordenóa Pilar––.Nosvamos.
–––¿Por qué, mamá?
Y dirigiéndome su atrevido rostro y su voz desafiante, sentenció en tono decidido y esclarecedor:
–––Estabaequivocada enmiscálculos.Túnoeresel padre.Esotro.
Con Pilar quedamos más estatuas que monolitos de Tiahuanaco. No pudimos nimirarnos para armar nuestra defensa. A Guadalupe Terceros le acompañaban su amigaBeba Claros, alimaña que cada mañana despertaba con la resuelta intensión de superar sus maldades del día anterior, y su hija Catalina, abogada especialista en asuntos penales,tigresa para llenar las celdas carcelarias con gente inocente. Llegaban con la grabadora encendida en la mano para recabar y acumular pruebas de alguna agresión que yo tendría que hacer en contra de la humanidad de Guadalupe Terceros. La precaución ante la inminencia de problemas, que siempre la llevo alerta ante cualquier circunstancia grave, saltó al instante y me susurro con mucha convicción: si hablas algo a favor o en contra ten por seguro que habitarás unos años entre rejas. Estas cacatúas están muy ligadas al poder militar ––son sus prostitutas––, mantente callado en absoluto; concrétate a mirar y cerrar la boca. Yo, que siempre obedezco a estos memsajes, y más aun en estas circunstancias por demás anormales y salidas de juicio, así lo hice.
–––Nos vamosPilar––clamóconinsolenciaGuadalupe Terceros,su madre.
Las miré alejarse por la acera de la cuadra que descendía. Traté de conjeturar hija de quién merecía ser. Intenté enumerar y establecer rasgos de la cara de los asistentes a esa noche de farra en compañía de Cachín. El azar del recuerdo al instante me presentó la chistosa imagen de Rubén Vargas Cholanquete, cuyo ego consistía en considerarse un gran poeta. No. No podía ser. Rubén, risa dulce y tripa amarga, que con su vestimenta de mal gusto semejaba al mono organillero que en ferias de pueblo, por medio de papelitosescritos, informa sobre la suerte y el destino de la gente, no podía ser ni llorando. Era demasiado imposible. Además, Pilar no tenía ni pisca de ladina. No. Tampoco Leo García del Wevón, resentido, maléfico, con cara de estudiante seminarista destinado a ser cura de pueblo chico. No atinaba de quién maliciar.
Mientras rascaba mi memoria en busca de los escasos recuerdos amontonados de esa noche, las vi por la acera que desemboca en la silenciosa avenida principal, otrora camino real.
Al doblar la esquina, Pilar volvió hacia mí la cabeza y señalando la caja de vestimentas compradas, sin pronunciar palabra alguna de viva voz, con la modulación de sus labios, me dijo:
–––Gracias.
Quedé paralizado bajo el quicio de la puerta de calle. No era mi hija. ¿Qué hacer? No pelear por la paternidad que desde un principio la iba a perder. Mi dolor reciente se preguntó: ¿es sueño o es realidad? A veces la realidad es un mal sueño.